La guerra que sigue latiendo en España

Hay heridas que, aunque cicatricen, nunca cierran.

Lágrimas que, aunque se expulsen, no se secan.

Vidas que, aunque se apaguen, no dejan de latir. Y no se olvidan.

Sin embargo, España sí ha querido olvidar esas vidas, secar las lágrimas y cerrar cicatrices, pero sin tener en cuenta un detalle: el dolor por la pérdida, por la ausencia de un padre, una madre o un hermano, no se puede enterrar bajo tierra, como sus cuerpos.

España es el primer país de Europa y el segundo del mundo, en número de desaparecidos. Se calcula que el número de víctimas de desapariciones forzadas entre 17 de julio 1936 y diciembre 1951, asciende a 114.226  y algo más de 30.000 niños fueron secuestrados.

Por delante sólo esta Camboya, un país que sufrió la peor masacre en la historia de la humanidad. En tres años y ocho meses meses la cuarta parte de su población fue salvajemente asesinada o sometida a un trabajo masivo y forzoso que resultó mortal para 1,7 millones de personas.

Nuestro país vivió una guerra civil. Sí. Pero, ¿cómo puede ocupar este pódium de la vergüenza tras una tragedia como la camboyana? Rusia, Colombia, Ruanda, Irak… son casos conocidos, historias tristes y crueles también. Entonces, ¿qué ha ocurrido en España para que sea el número dos? ¿A qué clase de olvido hemos sometido a nuestras víctimas para que continúen sin nombre ni identificación bajo nuestros pies?

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Ya no es un problema de ideologías. Hay muchas más fosas comunes de miembros del bando republicano. Eso es innegable. Pero también hay quienes murieron por una acusación malintencionada. Rencillas. Odios. Venganzas. El más listo aprovecha la ocasión. Y también murieron del otro bando. Repito, fue una guerra y además, una guerra fratricida.

Pero aquí se trata de seres humanos y del derecho de las familias a calmar su dolor y su tristeza ante la búsqueda interminable por aquel familiar que fue sacado de su casa para no volver jamás.

Guadalajara y el caso de Timoteo Mendieta

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El cementerio de Guadalajara representa un testimonio vivo de esta historia. Hace unos días se concluyó allí la exhumación de la fosa común número dos. De ella, 24 cuerpos, 24 crónicas de un asesinato, fueron recuperados. Me acerqué hasta allí con el equipo del programa de radio “La Cafetera”, dirigido por Fernando Berlín (@radiocable)  y acompañado siempre por María Navarro (@mariapuntoes)  y Emilio Silva, cofundador de la ARMH (@Emilio_Silva_)

La fuerza y el ímpetu de una anciana de 92 años había conseguido aquello. Siendo una niña, Ascensión Mendieta abrió la puerta de su casa a unos hombres que preguntaban por su padre, Timoteo Mendieta. Aquel sindicalista de la UGT de Sacedón, Ciudad Real, se fue con ellos y nunca volvió.

Ascensión, aunque de aspecto frágil, tiene una mirada que deja entrever la fortaleza de su espíritu. Con 88 años se subió a un avión con destino Argentina, para pedirle a la jueza María Servini “un hueso de su padre”, me explica su abogada Ana Messuti. Fue tal el impacto que provocó en aquel Tribunal que no pudieron negarle su petición. “Te lo prometo”, le contestó la jueza. Así se inicia, gracias a la justicia universal argentina, un proceso judicial que en España se trata de paralizar y de bloquear.

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Aquí, el paredón, los fusilamientos, las fosas comunes, las desapariciones forzosas son consideradas crímenes comunes y prescritos gracias “al muro que supone la Ley de Amnistía del 77, para la justicia, la verdad y la memoria de las víctimas, como expresa la hija de Ascensión en el acto de clausura. En cambio, en Argentina, entienden que estos delitos deben ser encuadrados en la categoría de Genocidio y Crímenes de Lesa Humanidad, delitos que, por su gravedad, son imprescriptibles.

¿Genocidio español?

Nunca imaginé que podría plantearme algo parecido. Pero entonces, nos acercamos al borde de aquella fosa común. Nueve metros de profundidad. Miro hacia dentro. Ya solo queda un cuerpo por ser extraído. Miro a mi alrededor. Hay un muro. Un muro repleto de agujeros de bala.

Paseo por el cementerio. Me acompaña un chico voluntario en cuya familia cuentan también con algunos desaparecidos. “En este paseo se calcula que puede haber hasta 800 personas”. Ante mis ojos se presenta un bonito camino de piedra ajardinado. “¿Qué aquí, bajo mis pies puede haber hasta 800 personas? ¿Y no los van a sacar?”, le pregunto. “No creo, con lo que ha costado el caso de Timoteo Mendieta…”. Entonces, me vuelvo a preguntar, ¿qué ha ocurrido en España?

Después nos dirigimos a la sala donde los forenses trabajan. Vienen de universidad londinense llamados por la curiosidad y por el afán científico que el caso español puede ofrecerles. Uno de ellos nos permite acercarnos a la sala donde están estudiando los huesos. Nos enseña un cráneo. Tiene agujeros de bala. Nos explica que a algunos les disparaban directamente a los ojos. Otros tenían todo el cuerpo agujereado. Había incluso uno que había sufrido continuas palizas durante meses antes de acabar en la fosa. “Qué bárbaro ¿eh?” nos dice el forense con su acento inglés.

Y eso es exactamente lo que es: barbarie.

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El equipo humano que ha trabajado durante un mes en aquel cementerio son voluntarios. Familiares, amigos y conocidos de las víctimas, pero también ha sido un esfuerzo colectivo que ha contado con la fundamental donación de Elogit, un sindicato noruego de electricistas, el inestimable trabajo de forenses ingleses y, lo más importante, el apoyo y la defensa de los tribunales y la justicia argentina. Una nueva brigada internacional del siglo XXI para conseguir que Ascensión, casi en el final de su vida, no tenga que esperar más por encontrar a su padre.

No ha sido un sindicato español. No ha sido la justicia española. Solo los voluntarios y una asociación, la de la Recuperación de la Memoria Histórica, lucha cada día por tratar de que en España se reconozca que hay seres a los que un día se les arrancó la vida y se les enterró como a animales, sin nombre ni dignidad.

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No viví la Transición. Desconozco la experiencia de una guerra. Pero vivo en una democracia, en un sistema del que yo espero justicia, reconocimiento de los derechos humanos y respeto por las libertades individuales.  Por ello, pienso que tenemos una historia a la que tenemos que enfrentarnos. No se puede progresar si todavía hay familias que viven con la espera y la angustia de poder recuperar lo que queda de aquellos seres queridos que un día les fueron arrebatados.

Así, esta guerra, todavía no ha acabado; porque todavía sus consecuencias, siguen latiendo.  

Marisa López

@sisulopez

 

 

 

 

 

 

 

 

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