Tortura, confesión y muerte. La carnicería de Toul Sleng

Entre las paredes de la antigua escuela del centro de Phnom Penh, los jemeres rojos, si ya habían demostrado que no había en ellos ni una pizca de humanidad, dejaron constancia de que también se habían convertido en auténticas bestias.

Foto de archivo Toul Sleng

El procedimiento siempre se repetía una y otra vez.

Cuando los prisioneros llegaban se les asignaba un número y eran fotografiados para hacer su ficha técnica. El archivo fotográfico que almacenaron los jemeres de todas sus víctimas es abrumador. Y daba igual, hombres, mujeres o niños. Todos debían hacerlo.

Una vez realizado el primer paso se procedía al interrogatorio. En el documental de Rithy Panh,  S-21 La máquina de matar de los Jemeres Rojosuno de los carceleros, Prak Khän, carcelero, explica el procedimiento:

 “Había tres grupos:

El primero, “El Amable” que ejercía la presión política. Si obtenía resultados, elaboraban un documento en el que recogían sus acusaciones y confesiones.

Los que no daban respuestas pasaban al grupo “Caliente”. Yo formaba parte de este grupo. Nos encargábamos de golpear y torturar hasta que accediera a redactar el documento.

Si no, lo pasábamos al tercer grupo, el “Mordedor”. Estos se encargaban de dar golpes con un palo sobre las heridas para que jamás cerrasen. A aquellos que, al fin, respondían, se les hacía redactar el documento.

A los que no, se los continuaba “mordiendo” meses, años. Si eso no funcionaba, se los dejaba enmohecerse. En todos los casos, cuando obteníamos una respuesta, los matábamos a todos”.

Se conocen otras torturas como las descargas eléctricas, la extracción de sangre hasta “vaciar” al individuo o la asfixia a través de una bolsa de plástico llena de agua que obligaba al prisionero a inhalar el líquido hasta que la sangre le brotase por los ojos la nariz y la boca.

Para ilustrar estas torturas, qué mejor que basarnos en la obra del reconocido pintor camboyano, Vann Nath. Fue una de las siete víctimas del macabro centro de Toul Sleng que pudieron salir con vida. Su supervivencia, como él mismo ha confesado creer, se debe a que a los jemeres rojos les gustaban sus pinturas. 

La no obtención de una respuesta era una derrota, por lo que se daba el absurdo de que hubiese un cuerpo de médico que curaban a los torturados lo mínimo para que pudiesen continuar con el interrogatorio hasta obtener una contestación. [1]

Como vemos, no había escapatoria posible.

Basta un millón de buenos revolucionarios para el país que nosotros construimos. No necesitamos a los demás. Preferimos matar a diez amigos antes que conservar a un enemigo con vida” recoge un eslogan.

Marisa López

@sisulopez

———————-

[1] CHANDLER, David P. Brother Numer One, a politial biography of Pol Pot. Westview Press, 1999, pág 374.

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